
Hablemos de Dios…
Oh sí, qué pereza…
Lo primero que debo decir es que soy agnóstico; pero un agnóstico tozudo y con muchas señales en el camino.
Como muchos sabéis, viví en libertad gracias a la música durante más de 20 años, tiempo en el que toqué el cielo y el infierno en vida. Hasta aquí os podéis imaginar: muchedumbre, bullicio, fiesta para aquí y fiesta para allá, aplausos, premios como Fanfarre, escenarios y auditorios más serios. Tenía libertad para dormir y levantarme más o menos cuando quería o el cuerpo me lo pedía. Viví el amor, el desamor, alguna depresión, paranoia y sueños; muchos sueños, tanto metas como sueños normales. Experimenté el público, miles de ojos, bocas y oídos; frustración, gloria, euforia e inmensidad. Hubo reflexiones, composición, producción, edición e interpretación; caídas y golpes de la vida, alegrías y triunfos, sucesos desagradables, furia, rabia, esperanza, drogas, ilusiones y desilusiones. Coincidencias, casualidades asombrosas, rumores, dolor físico, mental y espiritual, dicha y gozo… pero todo eso siempre en libertad.
Y de pronto, de un día para otro, me veo en silla de ruedas. Tras mucho esfuerzo y pasar una odisea infernal (pero sin perder el sentido del humor y sin rendirme, visualizando el horizonte muy fijamente), consigo volver a caminar. De ahí, de rebote, entro en el mundo laboral; en esa rueda en la que todos nos metemos, o nos meten, a currar por horas por un sueldo bajo. Fregando suelos, limpiando baños públicos, fregando platos, limpiando asilos, residencias y bibliotecas, barriendo calles… Todo tipo de trabajos que estaban muy lejos de lo que yo estaba acostumbrado y, sobre todo, muy lejos de la libertad.
Cierto es que me vi como el de la peli «Como Dios«, cuando al protagonista lo ponen a fregar un garaje interminable como prueba de algo, diciéndole que cuando termine de fregar se sentirá mejor.
Pues bien, yo estaba como ese personaje: con muchas señales a la vista, pero fregando y limpiando sin parar en un bucle que parecía eterno. Ya sabéis: madrugones a las 5 o a las 7 de la mañana; jefes y jefas ineptos; compañeros y compañeras pelotas y chivatos; humillaciones varias de algún encargado; situaciones donde no valoraban una mierda mi esfuerzo y me pagaban una miseria (aunque también hubo algún que otro compañero y jefe legal).
Así sucedía mi vida, sin saber exactamente cómo cojones yo, que había vivido del arte, entre arte y en libertad, había llegado a ese punto de cotidianidad común, esclavo y preso. Pero, a su vez, tenía la certeza de que en algún momento esa vida laboral terminaría; no sabía cómo, pero ese no era mi destino final.
Entretanto, cuando me iba a casa y dormía, tenía muchos sueños, algunos raros y otros lúcidos, aparte de los problemas y sufrimientos que me causaba mi propia sensibilidad en mi relación con el mundo y las personas. Pasé de ser considerado un genio en mi entorno a ser considerado un loco o incluso un tonto. Os podéis imaginar qué pensaba mi cabecita de todos los que me tomaban por tonto. Pero bueno, eso era el resultado de haber decidido, casi sin querer, no expresarme con la gente, pasar desapercibido y no hablar apenas. Cuando digo no hablar, me refiero a quedarme casi inexpressivo y despersonalizado, pero con mi mente bien despierta a todo lo que sucedía a mi alrededor.
Una noche me dormí temprano porque al día siguiente madrugaba. En ese bloque de descanso tuve un sueño muy muy intenso, soñé que Dios (o algo) me decía que no me iban bien las cosas porque renegaba de él y de la figura de Jesús. Yo, por supuesto, no le doy una importancia divina a mis sueños, pero sí que he apuntado alguno por lo asombroso o extraño que había sido, y por todo lo que me sucedía al día siguiente en relación con ellos.
En el sueño místico lloraba, lloraba mientras dormía, y me desperté llorando a moco tendido. Lloraba sin cesar porque en el sueño un supuesto Dios me había revelado que no conseguía mis objetivos y la vida no me sonreía básicamente porque renegaba de él, de ella, de ello o de eso. Después de tranquilizarme y pasar el flipe del momento, reflexioné sobre ello y llegué a la conclusión de que solo había sido un sueño; podía seguir con mi agnosticismo de siempre. Si ese sueño tenía algo de real, no podía ser que… si Dios es amor y realmente me amaba, tendría que permitir que un ser humano no le adorára ni se fuera «comiendo los santos» por ahí. Si ese sueño fuera algo realmente divino, le adorára o no, tendría que ayudarme igualmente en el camino. Pensé que si Dios es amor, no necesitaba que yo creyera en él para nada. Si yo tenía que aceptar la duda de si existe o no —o incluso la certeza de que sí o de que no, siendo consciente de las señales de mi camino—, él o ello tendría que aceptar mi escepticismo.
Lo curioso es que, no sé si ese mismo día o uno posterior, estando en una terraza tomando algo, vi a un hombre que venía directo desde lo lejos hacia mi posición. Se me acercó, me abrió su mano y me enseñó una figura dorada. Era una figura de Jesús en la cruz, de un color dorado intenso. Y me dijo: «¿Te interesa algo esto?». Yo miré la figura y le dije: «¡Para nada!». El hombre se dio la vuelta y desapareció entre la gente. Solo me lo preguntó a mí, a nadie más, y vino desde lejos directo hacia mi persona, a pesar de que había un montón de gente en la plaza. Podía haberle preguntado lo mismo a cualquiera, pero vino a por mí. Me quedé extrañado, pero continué con mi vida.
Así que pasé 9 años limpiando la mierda de otros y sin libertad, con la pregunta siempre en la cabeza de cómo cojones iba a lograr salir de esa rueda rutinaria laboral, pero con la certeza de que ese no era mi lugar ni mi destino.
Entonces, un día sucedió.
En los últimos días en los que trabajé como un esclavo más, la jefa me dijo que iba a volver a hacer sustituciones en los baños públicos. Todo porque había tenido problemas con la directora del centro, una prepotente cuya única intención era joderme la vida solo porque un día, en plena pandemia, mientras esperábamos más de una hora para ser vacunados porque los enfermeros esperaban órdenes, levanté un poco la voz y dije: «¡Pero vamos a ver, que estamos perdiendo el tiempo, que nos vacunen ya!». Una señora a la cual no conocía me miró y me dijo: «¡Perdiendo el tiempo no, están esperando a la orden de sus jefes!», a lo que respondí con una mueca de desaprobación.
Resulta que esa «señora» era la nueva directora de la residencia. Desde ese día me tuvo enfilado y me acusó de cosas que no eran ciertas, inventándoselas por la cara y tratándome muchas veces como si, por ser de la limpieza, fuera una puta mierda. Por eso me iban a trasladar de nuevo a los baños públicos; además, sabían que el tiempo que estuve cubriendo bajas allí fue cuando más curré (en 5 años no me pillé ni una baja). Tenían pensado devolverme al inicio, como si mis 9 años de experiencia laboral y mis logros como operario C no hubieran servido de nada, regresándome a la casilla de salida.
En ese instante me di cuenta de algo: supe con certeza que esa era la salida. La vía por donde iba a escapar de ese mundo, porque si por ahí entré al mundo laboral, por ahí había de salir. Me sentí nuevamente como en la peli «Como Dios«, algo me había puesto ahí a fregar suelos y limpiar platos como un camino que tenía que recorrer. Ese camino duró 9 años, y en todo momento supe que no acabaría mis días en ese curro. Algo pasaría para devolverme la libertad. ¡Y sucedió! Efectivamente no volví a los baños públicos, sino que esa situación fue mi rampa de salida hacia la nueva libertad.
Por eso, no es que no crea en Dios, sino que, digamos, estoy enfadado con él. Sé que algo me guía a su manera, como lo ha hecho siempre, sin que yo tenga que adorarle, ni ir diciendo por ahí que soy creyente, ni ir comiéndome santos, ni figuritas, ni mierdas varias. Soy agnóstico, pero tengo multitud de pruebas de que algo hay. Se me han manifestado en cantidad de ocasiones, entre otras cosas porque ando despierto; tengo pruebas muy claras a las cuales presto atención, pero no idealizo.
Mi conclusión:
No tienes por qué creer en algo superior, lo que debes es estar despierto. Puede que el día menos pensado la puerta de la libertad se abra para ti, o puede que se abran otras puertas muy desagradables; la clave es saber identificar cuál es tu sitio, cuál no, en cuál estás de paso y en cuál te quedarás hasta que mueras. Siempre sabiendo que te puedes equivocar, y no pasa nada: se sigue caminando para encontrar tu sitio. Encontrar, y encontrarte, en paz.

